3° Edición - NOVIEMBRE 2025

 



3° Edición - NOVIEMBRE 2025

“La santidad no es un privilegio de unos pocos, 

sino una vocación para todos.”

RECORDAR CON ESPERANZA

Cada año, al comenzar noviembre, la Iglesia nos invita a vivir dos celebraciones muy especiales: el Día de Todos los Santos (1 de noviembre) y la Conmemoración de los Fieles Difuntos (2 de noviembre).

El primero es un día de alegría y gratitud, en el que celebramos a todas aquellas personas que, conocidas o anónimas, vivieron su fe con fidelidad y hoy gozan de la presencia de Dios. Santos canonizados y también aquellos que en silencio y con gestos sencillos dejaron huella de amor, servicio y esperanza.

El segundo día es un tiempo de oración y memoria por quienes han partido de este mundo. No es un día de tristeza, sino de confianza: creemos que la muerte no tiene la última palabra y que nuestros seres queridos viven en el amor de Dios. 

Rezamos por ellos, visitamos sus tumbas, los recordamos con cariño y renovamos nuestra fe en la vida eterna.

En medio de la rutina diaria, estas fechas nos invitan a mirar al Jesús Eucaristía con esperanza, a agradecer la fe que hemos recibido y a cuidar nuestra propia vida como camino de santidad.

“La santidad no es un privilegio de unos pocos, sino una vocación para todos.” – Papa Francisco

Hoy, más que nunca, caminamos con la certeza de que la santidad es un llamado para todos.

¿Qué huella de amor dejaron en tu vida quienes ya están en la Casa del Padre?

LA ESPIRITUALIDAD EN LA VIDA COTIDIANA

A veces, en medio de la vorágine del día: el trabajo, los horarios, los hijos, las preocupaciones, las corridas, podríamos pensar que no hay lugar para lo espiritual. Pero lejos de alejarnos de la Fe, es en lo cotidiano donde más podemos encontrar a Dios.
Está en nuestra familia, nuestros compañeros de trabajo, clientes, etc, en sus historias, en sus luchas, en sus alegrías. Podemos descubrir a Jesús en cada uno de ellos: cuando elegimos tener paciencia, cuando rezamos por quien lo necesita, cuando intentamos mirar con misericordia. Vivir la fe en el trabajo es también ser un pequeño reflejo de Cristo, incluso en los gestos más simples.

Y en casa, con nuestros hijos, la espiritualidad toma otra forma; con ellos todo es nuevo y deslumbrante. Su curiosidad, su inocencia y su forma de ver la Fe, nos renueva, nos invita a reencontrarnos con esa mirada pura y sencilla hacia Dios; rememoramos experiencias de Fe que estaban guardadas en el corazón y que intentamos transmitirles, alimentamos esa sed que tienen de conocer la infinidad de Dios y sus misterios haciéndonos al nivel de ellos, y en ese compartir descubrimos nuevos aspectos de nuestra propia espiritualidad.

A su vez, lo cotidiano, nos lleva a rezar por ellos, sabiendo que hay momentos en los que nosotros no llegamos porque no estamos presentes físicamente, pero Dios sí. Consagrar a nuestros hijos a Cristo y a María es confiar en que donde nuestras manos no alcanzan, el amor de Dios protege y actúa con ternura infinita, y yo puntualmente puedo decir que soy testigo de eso.

Así, entre trabajo, tareas, mates, actividades, risas, compras, organización, cansancio, charlas, juegos, actividades, el ir y venir, cocinar, y la preparación para el día siguiente, la vida cotidiana se vuelve oración. Porque lo noble es entregar todo eso que hacemos y vivimos a Dios, como dice 1 Corintios 10, 31: “En resumen, sea que ustedes coman, sea que beban, o cualquier cosa que hagan, háganlo todo para la gloria de Dios.”

Si practicamos esto nuestra vida va a cambiar, porque nuestra mirada y predisposición cambia; y Él, que ve en lo profundo de nuestro querer y nuestro corazón entra también para cambiarlo y acercarnos mas a Él mismo, aunque la realidad siga siendo la misma.

Andrea Argañaráz

¿En qué gestos simples de tu día podés reconoces la presencia de Dios? ¿A qué lugar de tu cotidianidad querés invitar a Jesús?

EL ECO DE LA PEREGRINACIÓN

El apoyo: otra forma de peregrinar

La peregrinación a Luján es la expresión de religiosidad popular más importante de Latinoamérica. Cada año, los primeros sábados de octubre se mueven entre un millón y dos millones de personas para rezar, pedir, agradecer y por qué no por alguna cuestión deportiva hacia la ciudad de Luján, desde el barrio Porteño de Liniers. Se recorren una totalidad de 60 kilómetros a través de la vieja Ruta 7 que une ambos puntos.

Pero algunos de la parroquia Santo Cristo decidimos participar de otra manera. Desde hace muchos años un grupo de personas de la comunidad se autoconvocó y generó un grupo de apoyo. El “apoyo” es por definición una vocación de servicio. Tomando de referencia el carisma maternal de María, Nuestra Señora de Luján, este grupo se encarga de alimentar, aliviar, cuidar y animar a los peregrinos de nuestra comunidad desde que inician hasta que llega el último. Es un servicio que empieza luego de nuestras fiestas patronales organizando, la semana previa anotando y el mismo domingo post peregrinación a la madrugada luego del retorno a la parroquia.

Las semanas previas, siempre al lado de la secretaría parroquial se anota en una ficha a aquellos consultan o que desean ir caminando, se les cobra un estipendio para el transporte de vuelta y la comida, y se dan consideraciones generales. El viernes previo se alistan los voluntarios y se los divide en paradas de descanso con comida, botiquín y la infraestructura necesaria. Un grupo irá a Merlo, otro a La Reja, un tercero a General Rodríguez y el último a Luján, en la histórica parada de la Villa Marista, para un refrigerio y la vuelta a casa. El sábado arranca bien temprano acreditando con un número a cada peregrino y un llamado a algún remolón para esperarlo. Luego cada equipo parte a su parada, y va coordinando con todos los demás el seguimiento de los caminantes, del primero hasta el último que puede llegar a altas horas de la madrugada.

Hay muchas tareas en el apoyo: administración, compras, enfermería, coordinación, etcétera. Por eso nuestro grupo es amplio y diverso con gente experimentada como Pino quien encabeza las actividades, y chicos del Movimiento Juvenil que hacen sus primeras armas como “humildes servidores parroquiales”. Siempre aclaramos que la prioridad es el bienestar del peregrino, que pueda seguir de la mejor manera con su caminata. Pero a veces nuestra tarea implica tener carácter y manifestarle a los que no están para seguir que se suban al micro de apoyo cuando la salud de estos no lo permite y ellos insisten.

Numerosas anécdotas suceden año tras año: recuerdo un día de mucho calor, donde la gente llegaba con hambre y en vez de tomar líquido comía los sanguches y los panchos con voracidad, descomponiéndose al salir. “Todo lo que uno da, se devuelve” dijo Daniel Martino aquella vez, provocando la risa de todos menos de las chicas que tuvieron que limpiar... O aquella vez que una señora llegaba tarde a todas las paradas (Merlo, La Reja y General Rodríguez), y había que esperarla porque no tenía ningún problema, sólo era lenta. También una mujer que año tras año nos decía que no éramos de Villa Lugano, sino de Villa Riachuelo. Los días más complicados son aquellos con lluvia. Seguir a los peregrinos se hace difícil, el frío hace que lleguen ateridos, pero al apoyo no le preocupa, está fielmente apostado al lado de su cartel y su megáfono.

Es una gran tarea que año a año convoca gente que tal vez no puede caminar o no siente que sea su forma de orar, pero desde un sanguche, desde un vendaje o simplemente desde la escucha hace su labor, una labor para que sea más liviano el yugo de aquel que va en busca de la Virgen María, que espera y siempre va a esperar a todos aquellos que se acerquen a su casa.


Juan Gauna

Un año más, una nueva peregrinación, una nueva experiencia.

Después de tanta ansiedad, preparar las vacaciones para permitirme poder caminar los 60km hasta la casa de la virgencita, llegó el día. 

Con la mochila lista desde el día anterior me fui hasta la parroquia para la acreditación y así después poder ir hasta Liniers a empezar la caminata junto a un grupo hermoso. Y aunque en general me invadían los miedos y dudas del ¿llegaré? ¿Aguantaré todo el tramo? Arranque con muchísimo entusiasmo, ganas y sobre todo el corazón lleno de fe.

Primer objetivo: llegar a Merlo.

El primer tramo, el más largo. Fue cansador, el sol ya había salido y empezaba a molestar. La cantidad de gente era enorme, hacía muchos años que no veía tanta multitud. Carritos con música, grupos de jóvenes, de no tan jóvenes, cada uno con su historia, promesas, agradecimientos, pero todos con un mismo objetivo: el encuentro con nuestra Madre.

La parada parece tan lejana hasta que cruzas las vías y a unas cuadras escuchas el llamado de la parroquia. La alegría es total. Te esperan con agua, jugo ( nada más rico que el juguito de la peregrinación) sanguches, fruta, caramelos, y sobre todo mucho servicio. Te atienden como reyes. Un ratito descansando, a reponer energías y seguir.

Segundo objetivo: La Reja.

Para mi este es uno de los tramos más fáciles, pero este año estuvo la dificultad del sol y calor que era muchísimo. Como siempre en todo el recorrido hay gente dando agua, ayuda, galletas, naranja. Vecinos que salían con la manguera a refrescar a los peregrinos. 

Nunca me voy a dejar de asombrar y emocionar por todo el servicio que brinda la gente hacia los que decidimos caminar hasta Luján. Después de casi 3hs llegue al segundo descansito.

Tercer objetivo: Rodríguez.

Para mi este es el peor tramo de todos, el cansancio empieza a pesar, el calor era ya insoportable, pero la voluntad era mayor. Solo pensaba en una cosa: los panchitos! Y eso fue lo primero que hice, sentarme y pedirme el mejor pancho qué existe. Esta vez aparecieron las enemigas de todo caminante: ampollas. Por suerte estaban las manos mágicas de Esteban para curarlas y vendarlas. Con los pies listos, panza llena y muchas ilusiones por haber llegado ya hasta ahí, partí hacia el último tramo.

Objetivo final: Luján

Por suerte el sol ya no estaba, se hizo de noche, y si bien el cansancio se hacía notar bastante, miraba atrás todo lo que ya había recorrido acordándome de mis miedos antes de salir y me sentía feliz de pensar que ya estaba, solo faltaba el último esfuerzo.


Si bien no fue un año en el que la oración haya estado tan presente en mi recorrido, fue un camino de mucha escucha, charla y motivación entre todos los que me acompañaron esta peregrinación. Llega el primer puente, siempre me parece un momento hermoso. La energía, aliento y alegría que se siente al pasar por ahí es hermosa. 

Unos cuantos pasos más tarde ya empezaba a ver a lo lejos el segundo puente, que parece que cada vez está más lejos y nunca llega, hasta que sucede y sabes que solo quedan los últimos kilómetros. Unas cuadras más adelante se empieza a ver, la Basílica!! Esa que parecía tan lejana hace unas cuantas horas estaba a sólo unos pasos de distancia. Ya esta, llegue. Última cuadra, te reciben con música, animo, amor, la virgencita me espera! 

La emoción es absoluta, las lágrimas aparecen, la felicidad me invade. La entrada a la Basílica es agotadora, lenta. Pero una vez adentro la ves a ella, recibiendo a todos en su casa. Es un sentimiento que no se puede explicar con palabras lo que se vive en ese momento.



Salí de la basílica, rumbo a la última parada para esperar al micro, donde te esperan con abrazos que te llenan el alma.

Y así paso otra peregrinación más pero siempre una experiencia diferente. Si bien fue uno de los años que más me canso por el sol que estuvo terrible, fue también uno de los años que los tramos se hicieron más llevaderos, y todo fue gracias al grupo humano hermoso de amigos con el que estuve acompañada en cada paso, ellos fueron uno de los principales motivos por el cual logre llegar al gran objetivo de ese día. Y siempre agradecer al grupo de apoyo que es maravilloso, hasta el último segundo están al total servicio de los peregrinos, desde servir un vaso de agua hasta ayudarte a bajar las últimas escaleras hacia la parada de Lujan, donde obvio me esperaba otro panchito.

Feliz de llegar, feliz por la experiencia, de ese reencuentro con la virgencita. y por supuesto ya esperando Lujan 2026.


Johanna Rojas

¿Qué huella dejó este caminar en tu corazón? ¿Cómo querés que esta experiencia siga dando frutos en tu vida cotidiana?

CUANDO LA FE SE CONVIERTE EN SERVICIO

Sabemos que en el Movimiento Juvenil Santo Cristo nos proponemos formar Humildes Servidores Parroquiales. Pero hay un momento especial, un paso profundo en esa formación, donde algunos de nuestros jóvenes llegan a ser parte de las Comunidades de Jóvenes.

¿Qué son las Comunidades de Jóvenes?

Después de recorrer todas las etapas del Movimiento —desde Aspirantes hasta Jóvenes—, cuando el Capellán lo considere oportuno, nuestros hermanos son promovidos a formar parte de una Comunidad de Jóvenes. No es un ascenso más, sino el reconocimiento de una decisión radical: la de poner su vida al servicio de la Parroquia de manera permanente.


Estas comunidades son el resultado acabado de toda una vida de pertenencia al Movimiento. Sus miembros han vivido, reflexionado y crecido juntos en los principios evangélicos, y ahora —con madurez y compromiso demostrado— forman una unidad que permanecerá de por vida.

Lo hermoso es que no necesitas tener 25 años o estar soltero para pertenecer. Sacerdotes, matrimonios, personas consagradas... las Comunidades de Jóvenes acogen a todos aquellos que comparten ese anhelo de servir a Dios en la Parroquia con total entrega.

¿Cuál es su Sentido?

En los primeros tiempos del cristianismo, los apóstoles y discípulos compartían todo lo que tenían, vivían en comunión profunda y practicaban un servicio mutuo absoluto. Eso mismo buscan vivir nuestras Comunidades de Jóvenes.



Su tarea no es ceremonial. Es concreta, real, comprometida. Son quienes arman las fiestas patronales, quienes cuidan el templo, quienes reparan y embellecen los espacios de nuestra Parroquia, generando proyectos que fortalecen la vida comunitaria y dejan huellas visibles de su paso. Están siempre dispuestos a ofrecer su tiempo, su trabajo y sus recursos para responder a las necesidades que surgen, con gestos que hablan de fe viva y servicio generoso. Sirven donde el Párroco lo pida, con la convicción de que su entrega construye y transforma.

Y lo hacen con un espíritu que va más allá del voluntariado: lo hacen como acto de amor a Cristo y a su Iglesia.


Un compromiso que Transforma

¿Por qué es importante que lo sepamos todos? Porque estas comunidades son nuestro espejo. Son hermanos y hermanas que decidieron que lo que aprendieron en el Movimiento —los valores, la fe, el sacrificio— no era cosa de adolescentes, sino la brújula de toda una vida.

Si tenés jóvenes en casa, si formás parte del Movimiento, si simplemente querés entender qué hace vivo nuestro Movimiento... mirá a estas Comunidades. Ahí está el fruto. Ahí está la promesa cumplida.

Porque el Movimiento Juvenil Santo Cristo no es un pasaje. Es un camino. Y las Comunidades de Jóvenes son el testimonio de que vale la pena recorrerlo hasta el final.

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