7° Edición - ABRIL 2026

 



7° Edición - ABRIL 2026

ACOMPAÑAR A CRISTO COMO COMUNIDAD, CAMINO A LA PASCUA

JUEVES SANTO: EL MENSAJE DE LA ÚLTIMA CENA

El Jueves Santo no es un día accesorio de las festividades cristianas. Es un día de festejo y conmemoración de la Pascua de Jesús y tal vez, el acto con mayor cantidad de enseñanzas que nos sirven para el día a día de la vida del laico.

Como primer punto, Jesús era de origen judío. En consecuencia, festejó el Pesaj en una muestra de abrazo a las tradiciones. Este es el primer mensaje, la unión con la historia, con nuestros hermanos mayores en la fe y el cumplimiento de las profecías del antiguo testamento. Es un mensaje de unión, respeto y continuidad.

Segundo, es la última posibilidad de compartir un espacio con los suyos: luego de la cena, Cristo inicia su Pasión y no los verá más hasta después de su resurrección. Tomará esta reunión como una oportunidad para terminar lo que empezó, la conformación de la Iglesia para la salvación del mundo.

Tercero, la instauración del mandamiento más importante: si bien los judíos predicaban la importancia de amar al prójimo como a uno mismo, Jesús redobla la apuesta. “Ámense los unos a los otros así como yo los he amado”. Es decir, más allá de la finitud del ser humano, sino como Él de condición divina, incluso amar después de la muerte. Como signo de este mandamiento, les lavó los pies siendo su líder, como si fuera un esclavo.

Cuarto, la instauración de la eucaristía y el sacerdocio: en esta cena, Jesús les da instrucciones a sus discípulos del destino que debía tomar la iglesia luego de su ida. La eucaristía como signo de la comunión entre lo humano y lo divino, que estará en menester de los sacerdotes, quienes deberán realizar el milagro de la transubstanciación en todas las misas. Además establece la importancia del sacramento de la reconciliación y el poder del perdón de Dios a través del sacrificio que Él mismo llevaría a cabo días más tarde.

Quinto, los padecimientos de la iglesia desde sus orígenes: en el transcurso de la cena profetiza sobre la traición de Judas, la negación de Pedro, la persecución de la comunidad cristiana a causa suya, la venida del Espíritu Santo y con ello el sacramento de la confirmación.

Sexto, la reafirmación de que Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Es decir, todo aquél que esté unido a Él a sus preceptos, permanece unido al Reino de los Cielos, y por ende a la Salvación por medio de su sacrificio pascual. Los discípulos deben saber qué tan difícil será defender esa posición pero cuanto más grande es la recompensa en el Reino de los Cielos.

Séptimo y último, Jesús realiza una oración al Padre, como final de la cena. En primer lugar, acepta su destino, luego pide por la glorificación del sacrificio y por último le pide que proteja a los suyos. Estos no son sólo sus discípulos, sino también todos los que creyeron en su Palabra.

Juan Gauna

¿Cómo nos preparamos para la Pascua? ¿Es un feriado o una festividad del triunfo de Dios sobre el mundo? ¿Hasta cuándo vamos a esperar para vernos con la gente que amamos? ¿Qué tanto ayudamos a los demás?¿En qué medida somos generosos con nuestro prójimo? ¿Y en todo caso, quién es nuestro prójimo? ¿Cuánta relevancia tiene la misa en nuestra vida diaria? ¿Somos conscientes del milagro de la consagración? ¿Pedimos perdón por nuestros pecados? ¿Podemos ver y escuchar el mensaje de Dios en la figura del sacerdote, separando lo humano de la persona? ¿Cuántas veces traicionamos y negamos a Dios? ¿Somos capaces de entender que más allá del sufrimiento del mundo, siempre hay un Padre dispuesto a perdonar y a recompensar nuestra bondad desinteresada? ¿Qué le pedirías a Dios este Jueves Santo?

VIERNES SANTO, EL AMOR QUE PERMANECE

El Viernes Santo nos sitúa ante el corazón del misterio cristiano. La liturgia nos invita a detenernos, a entrar en un ritmo distinto, a contemplar. No se trata de hacer muchas cosas ni de buscar explicaciones, sino de dejarnos alcanzar por lo que sucede en la cruz.

Jesús es llevado al Calvario. Carga la cruz. Es despojado, es herido, es elevado. Todo parece hablar de límite, de fragilidad, de entrega total. Pero en ese mismo lugar, donde todo parece agotarse, se revela algo más hondo: el amor en su forma más plena.

La cruz no es el lugar del dolor, es el lugar donde EL AMOR PERMANECE.

Jesús no es arrastrado sin sentido hacia ese final. Hay en Él una decisión, una entrega consciente. Permanece en el amor al Padre, permanece en el amor a cada persona, permanece incluso cuando todo alrededor parece romperse. Ese permanecer es lo que transforma la cruz en un signo de vida.

El Viernes Santo nos muestra que el amor verdadero no depende de que todo esté bien, ni de que todo sea claro. El amor verdadero se sostiene, se entrega, atraviesa. No se apoya en el reconocimiento ni en la respuesta inmediata. Tiene una raíz más profunda.

Por eso este día no queda encerrado en el dolor. Es un día de contemplación de un amor que va hasta el extremo, que no se guarda nada, que llega hasta el final.

Y en ese momento decisivo, hay una presencia silenciosa y firme junto a la cruz: María.

El Evangelio la muestra de pie, junto a la cruz. No ocupa el centro, no interviene, pero está. PERMANECE. Su lugar no es secundario, es profundamente significativo.

María acompaña a su Hijo en el momento en que ese amor se entrega completamente. Comparte el dolor, pero no desde la desesperación, sino desde una fe que se sostiene incluso en lo que no comprende del todo. Su presencia es fiel, silenciosa, firme.

En ella vemos un modo de estar ante el misterio, de habitarlo, de confiar.

El Viernes Santo también se deja iluminar desde ahí: desde esa capacidad de permanecer junto a lo que duele sin huir, sin endurecerse, sin perder la confianza.

La cruz, entonces, no queda lejos de nuestra vida. Cada uno conoce sus propias cargas, sus tiempos de incertidumbre, sus preguntas, sus límites. Este día nos invita a traer todo eso, a no esconderlo, a dejar que sea alcanzado por este amor que permanece.

Como comunidad parroquial, nos reunimos para contemplar este misterio. Para hacer lugar al silencio, para rezar juntos, para acercarnos a la cruz con respeto y con fe. No para entenderlo todo, sino para dejarnos transformar.

Lucía Busto

¿Dónde hoy estoy llamado a permanecer, sin huir ni cerrar el corazón? ¿Qué me enseña María, de pie junto a la cruz, sobre amar en medio del dolor? ¿Puedo confiar en que Dios sigue obrando incluso cuando no entiendo? ¿Qué cruces hoy necesito poner en manos de Cristo?

SÁBADO SANTO, TRAS LA CRUZ VIENE SIEMPRE LA VIDA

"¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio porque el Rey duerme. «La tierra temió sobrecogida» porque Dios se durmió en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios en la carne ha muerto y el Abismo ha despertado."

Así comienza un fragmento de una antigua homilía sobre el santo y glorioso sábado, que se reza en las Laudes de ese día.

Cómo sabemos y vivimos el viernes santo, cristo murió por nuestras culpas; pero el sábado santo es un puente hacia el Domingo de Pascua. Un puente de silencio y esperanza, dónde acompañados por María, esperamos en silencio la Resurrección de nuestro Señor.

No un silencio vacío, de dolor, sino un silencio esperanzador, porque sabemos que siempre tras la Cruz hay Vida, y vida en abundancia. Mientras nosotros esperamos, el mismo Jesús desciende a los infiernos a buscar a Adán, despertándolo, explicándole todo lo que le pasó, todo lo que tubo que pasar para venir a despertarlo. Dónde Adán representa la raza humana, diciéndole que él no nació para morir si no para Vivir.

César Gimenez

Preguntémonos este Sábado de gloria: ¿Tengo miedo frente a mis oscuridades? ¿Pongo mi esperanza en Jesús? ¿Mis silencios son realmente constructivos?

https://www.vatican.va/spirit/documents/spirit_20010414_omel...

DOMINGO, CONFIÁ EN LA FUERZA DE LA RESURRECCIÓN

Este día nos marca el impulso de vivir nuestra vida con alegría. La Resurrección de Jesús es el vencer la muerte; es el pilar de nuestra esperanza. No solo pensando en la muerte física, sino también en el vencimiento de las muertes de nuestra cotidianeidad; atravesando con esperanza esos momentos de oscuridad, donde no hay rumbo claro, donde hay incertidumbre o simplemente donde no se ve un buen panorama.

Cada uno de nosotros es diferente, y la manifestación de Cristo en esos momentos es distinta. Pero algo sí se puede ver con claridad: si uno está atento, Jesús irrumpe en medio de la muerte y la vence.

Como podemos ver en el Evangelio, ese irrumpir no es suave; de hecho, es desconcertante. Ante la muerte de Jesús, María ve la piedra que ha sido movida y no termina de comprender lo que sucedió: ¿quién movió la piedra?, ¿quién se llevó el cuerpo?, ¿por qué no lo veo?, ¿qué pasó y dónde está el Maestro?

Estos cuestionamientos tranquilamente nos los podríamos plantear ante el desconcierto de ver la piedra del sepulcro movida. Pero Cristo hace todo a su tiempo, y Dios sabe en qué momento mover la piedra de nuestro sepulcro para que podamos VER.

Entonces, luego de los planteos, llega la reflexión personal donde Dios nos habla y nos muestra en acción lo que Él ya había anunciado: “yo te salvo, yo ya vencí a la muerte, el sepulcro está vacío”.


Este es el mensaje más esperanzador, que, si bien llega luego de un momento estremecedor, una vez identificado nos libera.

La piedra corrida es el símbolo del propio Dios indicando que no hay lugar donde Él no llegue. Y, si abrimos nuestro corazón, Él entra a lo más profundo de nosotros: ahí, en nuestro sepulcro, el que está tapado por la piedra, donde radican el dolor, el temor, la rigidez, la insuficiencia, lo que no podemos controlar, lo que nos inmoviliza… Y con amor, pero también con fuerza, mueve la piedra y nos hace ver que Él venció; nos pone de pie nuevamente, nos mira con compasión y nos impulsa a vivir con alegría.

Es por eso que, en este tiempo pascual que inicia, te invitamos a que mires con esperanza e identifiques cuál es tu piedra hoy, y que, confiando en la fuerza de la Resurrección, Dios saque a los guardias de tu sepulcro y mueva esa piedra.

Andrea Argañaráz

¿Cuál es hoy la “piedra” que siento que tapa mi vida o me impide avanzar con paz? ¿En qué situaciones recientes experimenté oscuridad, incertidumbre o falta de rumbo? ¿Cómo reaccioné frente a eso? ¿Puedo reconocer algún momento en el que, aun sin entender del todo, algo se empezó a mover en mi interior o en mi realidad? ¿Qué me cuesta soltar o confiar para dejar que Dios actúe en lo más profundo de mi “sepulcro”? Si realmente creyera que Jesús ya venció la muerte en mi vida, ¿qué cambiaría hoy en mi manera de vivir, decidir o mirar las cosas?

SANTA CATALINA DE SIENA

Santa Catalina de Siena (1347–1380) fue una joven laica dominica nacida en Siena, Italia, en una familia humilde. Desde temprana edad tuvo una relación muy cercana e intima con Dios, consagrándole su virginidad y buscando una vida de oración profunda, incluso en medio de su casa llena de gente.

Su juventud fue enmarcada en la vida evangélica: vivió una fe activa, sirviendo a pobres, enfermos y acompañando a quienes sufrían, especialmente durante la peste. Tenía un carácter firme y una palabra encendida que movía corazones, sabía muy bien equilibrar la vida interior de oración con el servicio concreto en la caridad.

Su vida espiritual fue de carácter místico: recibió gracias extraordinarias de Dios como los estigmas invisibles y un amor ardiente por Cristo crucificado. Escribió cartas a papas, reyes y autoridades, llamándolos a la conversión con una valentía poco común para su edad.

Tuvo un rol clave en el regreso del Papa de Aviñón a Roma, mostrando que la santidad se concretiza en la historia común.

La Iglesia la declaró Doctora de la Iglesia por la profundidad de su enseñanza espiritual, especialmente sobre el amor a Dios, la verdad y la entrega total. En su obra El Diálogo revela una teología viva, nacida de la oración y que da cuenta de su interioridad.


Es patrona de Europa, de Italia y de enfermeros, entre otros.

Hoy Santa Catalina nos invita a una fe valiente y comprometida: a no separar oración y acción, a amar la verdad sin tibieza. A comprometernos como ella desde su juventud a ser predicadores del evangelio y comprometernos con la realidad concreta que nos toca vivir, sabiendo que en esas circunstancias es en dónde Dios nos santifica en la Gracia.


Como ella misma decía:

“Si sois lo que debéis ser, prenderéis fuego al mundo”.


Santa Catalina de Siena, doctora de la Iglesia, ruega por nosotros.

Lautaro Bruno

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