El Viernes Santo nos sitúa ante el corazón del misterio cristiano. La liturgia nos invita a detenernos, a entrar en un ritmo distinto, a contemplar. No se trata de hacer muchas cosas ni de buscar explicaciones, sino de dejarnos alcanzar por lo que sucede en la cruz. Jesús es llevado al Calvario. Carga la cruz. Es despojado, es herido, es elevado. Todo parece hablar de límite, de fragilidad, de entrega total. Pero en ese mismo lugar, donde todo parece agotarse, se revela algo más hondo: el amor en su forma más plena. La cruz no es el lugar del dolor, es el lugar donde EL AMOR PERMANECE. Jesús no es arrastrado sin sentido hacia ese final. Hay en Él una decisión, una entrega consciente. Permanece en el amor al Padre, permanece en el amor a cada persona, permanece incluso cuando todo alrededor parece romperse. Ese permanecer es lo que transforma la cruz en un signo de vida. El Viernes Santo nos muestra que el amor verdadero no depende de que todo esté bien, ni de que todo sea claro. El amor verdadero se sostiene, se entrega, atraviesa. No se apoya en el reconocimiento ni en la respuesta inmediata. Tiene una raíz más profunda. Por eso este día no queda encerrado en el dolor. Es un día de contemplación de un amor que va hasta el extremo, que no se guarda nada, que llega hasta el final.
| | Y en ese momento decisivo, hay una presencia silenciosa y firme junto a la cruz: María. El Evangelio la muestra de pie, junto a la cruz. No ocupa el centro, no interviene, pero está. PERMANECE. Su lugar no es secundario, es profundamente significativo. María acompaña a su Hijo en el momento en que ese amor se entrega completamente. Comparte el dolor, pero no desde la desesperación, sino desde una fe que se sostiene incluso en lo que no comprende del todo. Su presencia es fiel, silenciosa, firme. En ella vemos un modo de estar ante el misterio, de habitarlo, de confiar.
El Viernes Santo también se deja iluminar desde ahí: desde esa capacidad de permanecer junto a lo que duele sin huir, sin endurecerse, sin perder la confianza. La cruz, entonces, no queda lejos de nuestra vida. Cada uno conoce sus propias cargas, sus tiempos de incertidumbre, sus preguntas, sus límites. Este día nos invita a traer todo eso, a no esconderlo, a dejar que sea alcanzado por este amor que permanece. Como comunidad parroquial, nos reunimos para contemplar este misterio. Para hacer lugar al silencio, para rezar juntos, para acercarnos a la cruz con respeto y con fe. No para entenderlo todo, sino para dejarnos transformar.
Lucía Busto |
No hay comentarios.:
Publicar un comentario