Participé del Grupo de Jóvenes desde los 11 años. Hice la Comunión en la Parroquia Santo Cristo y, apenas terminé, me invitaron a sumarme al grupo para prepararme para la Confirmación. La primera vez que escuché “Escuela de Vida” no entendía nada. Para mí era simplemente irme de campamento. Pero con el tiempo descubrí por qué se llama así. En la Escuela de Vida aprendés a vivir. A vivir en comunidad, a vivir desde el Evangelio, a equivocarte, a acertar, a descubrir el plan que Dios tiene para vos sin dejar de ser vos mismo. Estamos llamados a la santidad, a ser la mejor versión de vos mismo. Ahí aprendí desde lo más simple —armar una carpa, lavar una olla, compartir un fogón— hasta lo más profundo: convivir, escuchar, servir, rezar, abrazar, y caminar con otros. Tiene ese “algo” que no se explica, pero se siente: es el mismo espíritu. Compartimos guitarreadas, risas, bailes, encuentros en comunidad, merienda, desayunos, misas… También momentos de silencio, oración y soledad. En mi corazón siempre quedar el recuerdo de rezar frente al Santísimo, bajo las estrellas. Otro de los tantos recuerdos que quedan en mi retina son las tormentas “el agua es bendición” donde todos ponemos al servicio del otro lo que tenemos. Siempre con alegría, chiste, risas, guitarra y mates lavados. Gracias al MJSC conocí lugares hermosos de Argentina, donde se puede apreciar la grandeza de Dios reflejada en la creación. | | Gracias al esfuerzo de todos: nuestras familias, la comunidad de Santo Cristo y cada persona que siempre colabora. Para que sea posible nuestras escuelas de vida. El Movimiento es el semillero de la parroquia. Es comunidad, personas que quizás ya no ves todos los días, pero cuando las encontrás te queda siempre una anécdota, un recuerdo lindo, una historia compartida. Podría escribir y hablar muchísimo sobre la escuela de vida… pero a su vez lo sintetizo compartiéndoles que Dios está en todos y se hace presente en el otro. Eso lo aprendí en la escuela de vida. En el que juega, en el que reza, en el que se levanta de mal humor, en el que no quiere lavar los platos, en el que te abraza cuando estás triste, en el que te aconseja con una palabra, en el que se queda rezando al lado tuyo. Eso es la vida: lo simple, lo cotidiano, lo genuino. Qué le aporto yo al otro y qué me aporta el otro a mí. Eso es crecer y vivir en comunidad. Gracias a Dios pude vivir muchos roles dentro del Movimiento: fui dirigida, dirigente, presidenta. Y en cada etapa sentí un llamados de servicio distinto. Siempre de la mano de María, que es muy milagrosa y que me acompañó en muchos momentos de mi vida y en la vida del movimiento. Junto a San José nuestro gran Santo del silencio. Porque, como nos enseñan en la Escuela de Vida, ser dirigente es también aprender a ser dirigente de tu propia vida. Y todo lo que vivís ahí, después lo llevás al mundo: a tu familia, a tus amigos, a tu trabajo, a la facultad, a cada persona que se cruza en tu camino. Por eso siempre decimos: “Servidores parroquiales” Servidores para otros… y para el mundo…
Jazmín Gauna |
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