Como cada año, el Movimiento Juvenil Santo Cristo volvió a vivir su campamento de verano, una experiencia que llamamos Escuela de Vida, porque no se trata solo de salir de la rutina, sino de aprender a vivir con otros, a compartir, a servir y a encontrarse con Dios en lo cotidiano. Del 2 al 11 de Enero, en la Villa San Francisco de Mar del Plata, los chicos de nuestro amado Movimiento Juvenil Santo Cristo convivieron durante varios días, compartiendo juegos, encuentros formativos, tiempos de oración y experiencias que dejan huella. Para muchos fue la primera vez conociendo la playa y el mar; para otros, un nuevo paso dentro de un camino que se sigue construyendo año a año.
Toda la vida del campamento estuvo atravesada por un mismo lema: “Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.” Desde ahí se pensaron las actividades, los encuentros, los gestos cotidianos y también el modo de vincularse. La Escuela de Vida se fue dando en lo simple: aprender a esperar, a escuchar, a ayudar, a pedir perdón, a cuidar al otro. Esta hermosa Escuela de VIDA es posible gracias al trabajo silencioso y comprometido de muchos.
Cada área cumplió un rol fundamental: los jefes de campamento —Luqui, Luka e Ivi— coordinando y sosteniendo el caminar de todos; los equipos de juegos, generando espacios de alegría y encuentro; el área de botiquín, atenta al cuidado; compras, cocina, liturgia, mantenimiento y cada servicio, aportando desde su lugar para que la experiencia pudiera vivirse plenamente. En esta diversidad de tareas, el servicio se volvió escuela concreta de entrega.
Hubo también momentos profundamente significativos. Los chicos participaron de encuentros por etapas y de los desiertos, espacios de oración personal que invitan al silencio y al diálogo interior con Dios. | | Se realizó una salida a Sierra de los Padres, visitando a las ruinas de la Misión Jesuítica Nuestra Señora del Pilar y la Gruta de los Pañuelos, un lugar cargado de intención, confianza y esperanza
Los fogones marcaron pasos importantes en la vida del Movimiento: el fogón de padrinazgo donde cada chico elige un padrino que lo acompaña a lo largo de su vida dentro del Movimiento; y el fogón de traspaso, donde los jóvenes más grandes —Simón, Guada, Chiara, Giovi y Agus— dejaron una etapa para comenzar otra, incorporándose a la comunidad dirigencial, asumiendo el rol de Jóvenes Asistentes, con nuevas responsabilidades y un compromiso más profundo con la vida comunitaria. La fe acompañó cada día. El primer Domingo se participó de la misa en el Carmelo de Mar del Plata, junto a las Carmelitas Descalzas, donde se vivió un momento de profunda emoción y oración compartida. En esa celebración, el canto “Toma a Jesús por amigo y sabrás amar” resonó con fuerza en todos los chicos. Tuvimos la gran bendición de conocer al Padre Maxi, quien celebró varias misas con el grupo y compartió la vida cotidiana del campamento, estando presente también en los juegos —organizando un fútbol mixto— y en los espacios informales.
También nos acompañó un día el Padre Cristian, hermano franciscano, quien profundizó el sentido del lema del campamento desde la vida y el testimonio de San Francisco de Asís, invitando a mirar la propia vida como un espacio donde la paz, la sencillez y el amor pueden hacerse concretos. El campamento terminó, pero la Escuela de Vida continúa. Lo vivido sigue trabajando en el corazón de cada uno, recordándonos que crecer en comunidad es un camino que se construye día a día, con pequeños gestos, con servicio y con fe compartida.
Lucía Busto |
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