Allí Jesús vuelve a ofrecerse al Padre por la salvación del mundo y se nos regala como “Pan de Vida”.
Cuando comulgamos no recibimos simplemente una bendición o una gracia particular: recibimos al mismo Cristo. El Señor entra en nuestra vida, fortalece nuestras debilidades, sana nuestras heridas, ilumina nuestras decisiones y nos une más profundamente a la Iglesia, que es su Cuerpo.
Por eso los santos encontraron en la Eucaristía la fuente de toda su fuerza espiritual. Allí aprendieron a amar, a perdonar, a servir y a entregar la vida. Ellos nos enseñan que la adoración eucarística, el silencio ante el Sagrario y la participación frecuente en la Santa Misa son caminos privilegiados para encontrarnos con el Señor vivo.
El milagro de una presencia silenciosa
Vivimos en una cultura marcada por la prisa, el ruido y la inmediatez. Sin embargo, Jesús eligió quedarse bajo las humildes apariencias del pan y del vino. No se impone. No busca deslumbrar. Espera paciente.
Desde cada sagrario del mundo continúa repitiendo las palabras que dirigió a sus discípulos: "Vengan a mí". Allí está el Rey del universo, escondido y silencioso, aguardando una visita, una oración, una mirada de amor.
La solemnidad de “Corpus Christi” nos recuerda precisamente esta verdad fundamental: Nunca estamos solos en el camino de la Vida. En nuestras parroquias, capillas y comunidades, Cristo permanece día y noche acompañando a su pueblo.
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