Bajo la mirada del Santo Cristo, en este mes de mayo volvemos a encontrarnos con la ternura de su Madre, la Virgen de Luján. A los pies del Santo Cristo, el Papa Francisco nos dice sobre este momento en el que María “nace” como madre de todos: “Al pie de la cruz, en la hora suprema de la nueva creación, Cristo nos lleva a María. Nos lleva a ella porque no quiere que caminemos sin una madre” (Evangelii Gaudium, n. 285). No es un gesto solo afectivo, sino una clave teológica decisiva para comprender su lugar en la salvación. Así como a Pedro le dijo: “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, aquí Jesús le encomienda a María la misión de ser madre de todos los creyentes. Al pie de la cruz fuimos engendrados como hijos de la Virgen. Esta misión de la Virgen —ser madre y seguir acompañando desde el cielo— es lo que fue y sigue haciendo. A nosotros, los argentinos, la Virgen quiso quedarse como la Virgen de Luján. Estamos en su corazón y ella en el nuestro.
Le expresamos nuestro amor y devoción mirando su imagen, tocando su vestidito, peregrinando a su Santuario. Estos gestos los describe bellamente el Documento de Aparecida: “La mirada del peregrino se deposita sobre una imagen que simboliza la ternura y la cercanía de Dios. El amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en silencio. También se conmueve, derramando toda la carga de su dolor y de sus sueños… Un breve instante condensa una viva experiencia espiritual” (Documento de Aparecida, n. 259).
| | El Señor le dio la misión de ser madre de todos, y ella la cumple fielmente. La Virgen de Luján tiene un modo muy propio de actuar como madre: visita a sus hijos. No importa la distancia —geográfica o existencial—: ella llega. Junto con la Virgen de Luján está su fiel esclavo, el Negro Manuel. Su primera visita fue al corazón del Negro Manuel. La Virgen busca siempre la comunión de los corazones y es principio de unidad. Esta afirmación adquiere una densidad particular cuando se la pone en diálogo con la realidad actual de nuestro país, marcado no solo por divisiones visibles, sino por heridas profundas que atraviesan el tejido social. En este contexto, una espiritualidad mariana profunda y sincera se nos presenta como un camino posible de sanación. Las peregrinaciones marianas lo expresan de modo elocuente: allí, quizá como en ningún otro ámbito, se hace visible una unidad real del pueblo, donde caminan juntos el rico y el pobre, el instruido y el sencillo, el creyente fervoroso y el que apenas se anima a pedir. Esa experiencia concreta de pueblo reunido en torno a la Virgen María abre una pregunta decisiva para nuestra patria: si allí es posible la unidad, también podemos soñar que es posible fuera de allí, cuando la fe se deja traducir en vínculos reconciliados y en un horizonte compartido. Oración de Consagración a la Virgen de Luján Virgen de Luján, Madre del Pueblo Argentino, hoy nos consagramos a tu corazón maternal. Ponemos en tus manos nuestras vidas, sabiendo que serán cuidadas y fortalecidas. Queremos que nos lleves a Jesús. Regálanos ser presencia de tu Hijo para otros. Que hablemos de Él sin nombrarlo y callemos cuando es preciso que el gesto reemplace la palabra. Que amemos como Jesús amó y hagamos el bien como Él mismo nos enseñó. Que seamos para todos instrumentos de paz y de unidad.
Esteban Busto |
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