6° Edición - MARZO 2026

 


6° Edición - MARZO 2026

Escuchar y ayunar.

La Cuaresma como tiempo de conversión


LA ÚLTIMA TENTACIÓN DE CRISTO

El Evangelio del primer domingo de cuaresma funciona como una introducción al tiempo más determinante del año litúrgico. Es este tiempo el que pone a prueba al Pueblo de Dios, por ello nos presenta a un Jesús totalmente divino pero totalmente humano. Jesús no es un hombre como todos los demás, es el Cristo que va a entregarse por los pecados de la humanidad. Así se enfrenta a Satanás, quien se aparece de cualquier forma en los momentos de mayor vulnerabilidad. La parte humana de Jesús sucumbió a la tentación del hambre, después de inaugurar Él mismo la tradición del ayuno cuaresmal (se fue al desierto, en soledad, para ayunar).

Pero la parte divina del Mesías tuvo los suficientes argumentos para no caer en las tentaciones. Tentaciones que al día de hoy nos parecen descabelladas pero son reales y palpables: el apetito de los alimentos y la bebida, la conducta soberbia y la ambición de poder. Pero Jesús se resiste a todas ellas con una valentía inusitada. 

Este pasaje de la vida del Hijo de Dios es una de las enseñanzas primordiales para estos tiempos que corren: a la fragilidad de los cuerpos humanos imperfectos se los combate con la fortaleza y la templanza del espíritu, porque un alma unida a Cristo tiene las armas suficientes como para resistir a las tentaciones de nuestro ego.


Hoy el mal se presenta de maneras seductoras: detrás del impulso constante de consumo (la ambición de adquirir bienes al punto de endeudarnos, a la satisfacción instantánea y la validación de otros en las redes sociales), la necesidad constante de tener siempre la razón y de compararnos con el prójimo, y por último, estar detrás de cualquier cuota de poder a cualquier costo y en cualquier lugar.

La sencillez de Cristo está basada en la renuncia a sí mismo por los demás y la cristalización de esto es la muerte de la cruz. Ya no habrá más tentaciones en su camino hasta Getsemaní donde querrá “apartar el cáliz”, pero aún así acepta su destino porque es la voluntad del Padre, porque sabe que es para la salvación de toda la humanidad. Y porque la recompensa de unir su espíritu al Padre es superior a cualquier placer humano.

Juan Gauna

¿Qué cosas te tientan en el día a día? ¿Me dejo llevar por mi ego en las acciones cotidianas? ¿Tengo la necesidad constante de validación externa, de tener siempre la razón, de ser reconocido todo el tiempo? ¿Me respaldo en Jesús y su vida al momento de actuar?

SANTO CRISTO COMIENZA A RECORRER NUESTROS HOGARES

Querida comunidad: Hay algo que nos identifica a todos profundamente: cada 14 miramos al Santo Cristo y volvemos a recordar que nuestra vida —con todo lo que trae— puede apoyarse en Él.

A veces son alegrías y agradecimientos. A veces son preocupaciones, decisiones difíciles, problemas de salud, cruces que pesan más de lo que quisiéramos. Como comunidad queremos que nadie viva esas realidades en soledad.
Por eso, a partir de ahora, cada 14 del mes nos reuniremos como familia parroquial para celebrar la Santa Misa y poner en las manos del Santo Cristo todo lo que cada uno está atravesando. Queremos que sea un encuentro sencillo y profundo, un momento para presentarle nuestra vida tal como está, sin maquillajes, con confianza.

Nuestra fiesta patronal del 14 de septiembre, día de la Exaltación de la Santa Cruz, es el corazón de nuestra identidad. Pero el 14 no es solo una fecha anual: es una oportunidad mensual para volver a empezar, para dejarnos sostener y para caminar juntos.


En este mismo espíritu comenzaremos también con los Círculos del Santo Cristo. Varias imágenes de nuestro Patrono empezarán a peregrinar por los hogares de la parroquia. Una familia la recibirá en su casa, rezará frente a ella, escribirá en un cuaderno sus intenciones y agradecimientos, y luego la entregará a otra familia. Así, al mismo tiempo, distintas casas estarán unidas por una misma oración que circula y se comparte

No es solo una imagen que pasa. Es la fe de una comunidad que se acompaña. Es la certeza de que nuestras cruces, cuando se comparten y se ponen en manos de Cristo, se vuelven más llevaderas. Queremos que todos se sientan invitados: a la Misa cada 14, a recibir la imagen en sus hogares, a ser parte activa de esta vida parroquial que sigue creciendo.

Comunidad Santo Cristo

El Santo Cristo nos reúne. Y nosotros queremos responder caminando juntos.

19 DE MARZO: SAN JOSÉ 

San José no pronuncia una sola palabra en los Evangelios. Y, sin embargo, su presencia sostiene la historia. En un tiempo donde todo parece medirse por lo que se dice, se muestra o se publica, José revela la fuerza silenciosa de una vida fiel.

Su grandeza no está en discursos memorables sino en decisiones concretas. Cuando todo parecía confuso, eligió cuidar. Cuando el miedo podía paralizarlo, eligió confiar. Cuando la incertidumbre lo rodeaba, eligió permanecer.

José ama sin protagonismo. Protege sin imponerse. Acompaña sin necesidad de reconocimiento. Su lealtad a María y a Jesús no se declama: se encarna en cada gesto cotidiano, en cada viaje incómodo, en cada noche sin certezas, en cada jornada de trabajo que sostiene la vida familiar.

Los Evangelios nos cuentan que Dios le habló en sueños. Y José creyó. No pidió garantías, no exigió explicaciones completas. Confió en los sueños de Dios más que en sus propios cálculos. Su obediencia no fue sumisión ciega, sino una fe activa que se puso en movimiento.

También su vocación al trabajo forma parte de su espiritualidad. En el taller de Nazaret, el martillo, la madera y el esfuerzo diario se vuelven lugar de encuentro con Dios. Allí Jesús aprende un oficio, pero también aprende el valor de la responsabilidad, la paciencia y el compromiso con lo pequeño.

José nos enseña un estilo de espiritualidad discreta y profunda: la santidad de lo cotidiano, la fidelidad en lo pequeño, la confianza cuando no vemos con claridad, el amor que se traduce en cuidado concreto.

En esta Cuaresma, su figura puede orientarnos con sencillez:

A practicar el silencio que permite escuchar a Dios y a los demás.

A cuidar con ternura a quienes nos han sido confiados.

A cumplir con responsabilidad nuestras tareas diarias.

A confiar en Dios, aún cuando no entendemos del todo el camino.

Porque las obras más grandes de Dios muchas veces crecen sin ruido. Y el amor que se vive en lo escondido termina sosteniendo la historia.

Giselle Virdó

En este comienzo de Cuaresma, ¿qué actitudes de mi trabajo o de mi vida cotidiana necesitan conversión? ¿Descubro al Señor en lo pequeño, en lo repetido, en el esfuerzo diario? ¿Vivo mi tarea diaria como carga solamente, o también como oportunidad de crecer en paciencia y fidelidad?

25 DE MARZO: LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR

Es la fiesta que nos propone la liturgia, en el anuncio del Ángel Gabriel a la Virgen María (Lc 1,26-38), para celebrar el misterio de la Encarnación del Verbo de Dios, que comienza con el  de María.

El misterio quedó “latiendo” en Nazaret. María y Jesús unidos. María nos lleva a Cristo, lo acerca, lo transparenta. Dios entra en la historia esperando un sí humilde, que abrió las puertas a la salvación. María nos enseña a confiarnos a la providencia amorosa de Dios en medio de lo imprevisible. Lo hace en ese acto concreto y sencillo, no heroico en apariencia. Una fe que no entiende todo, pero confía. Sin vueltas.

Cuán grande fue la alegría de la Virgen al recibir el anuncio del ángel. Ella, que ya estaba consagrada a Dios, ahora recibe la visita de Dios, quien la confirma como la elegida, la que va a ser madre del Mesías. Es el momento de la Encarnación. Cuando el ángel se retira, en ella brota un canto de alegría exultante: el Magníficat, primera alabanza que brota del corazón después de la Encarnación: “Mi alma canta la grandeza del Señor y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque miró con bondad la pequeñez de su servidora”.

María subraya la grandeza del Señor porque se acercó a su corazón sencillo y humilde; no exalta su grandeza solo por ser el Todopoderoso, sino por ser aquel que sabe mirar en lo profundo y reconocer la disposición total de su servidora. 

Es la grandeza de quien se abaja sin dejar por eso de ser grande.

Como Jesús, que, siendo el Verbo de Dios, se hace niño en el vientre de la Virgen María.

En esta fiesta ponemos la mirada en el Señor. El centro es Cristo, que comienza su existencia humana, y a María la contemplamos en esta relación intrínseca y gozosa al misterio de Cristo.

Esta es la fiesta del sí incondicional a la vida, donde la Vida entra en la historia. Juan Pablo II publicó la encíclica Evangelium vitae, sobre el valor y la inviolabilidad de la vida humana. En ella nos exhorta: “¡Respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a cada vida, a toda vida humana! ¡Sólo siguiendo este camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad!” (Evangelium vitae, 5).

Esteban Busto

¿Qué “sí” concreto me está pidiendo hoy el Señor en medio de mi realidad? ¿Confío en Dios incluso cuando no entiendo todo lo que sucede? ¿Dejo que Cristo entre en mi historia cotidiana como María lo dejó entrar en la suya?

DOMINGO DE RAMOS, ENTRAR CON ÉL

Con el Domingo de Ramos la Iglesia abre las puertas de la Semana Santa. Jesús entra en Jerusalén y es recibido con palmas, mantos extendidos y gritos de alegría. El pueblo lo aclama como rey. Hay esperanza, emoción, expectativa.

Sin embargo, esa misma ciudad que hoy lo recibe con entusiasmo será la que, pocos días después, lo rechace.

La liturgia nos hace vivir este contraste desde el inicio: comenzamos celebrando con palmas en las manos, pero escuchando también el relato de la Pasión. La alegría y la cruz aparecen unidas. No son momentos separados. Forman parte del mismo misterio.

Jesús entra en Jerusalén sabiendo lo que va a suceder. No se deja llevar por el entusiasmo de la multitud ni se desanima por el rechazo que vendrá. Su camino está sostenido por el amor fiel al Padre y por la entrega total a la humanidad. No busca un triunfo pasajero; abraza una misión que pasa por la cruz.

El Domingo de Ramos nos invita a revisar nuestra manera de acompañarlo. Es fácil aclamar cuando todo es luminoso. Es más difícil permanecer cuando llegan la prueba, la incomprensión o el silencio. La Semana Santa comienza recordándonos que la fe no es solo entusiasmo, sino fidelidad.




Como comunidad parroquial, estamos llamados a entrar con Él en Jerusalén. A no quedarnos en el gesto exterior, sino a disponernos interiormente a recorrer estos días santos con un corazón abierto. A acompañarlo en la Última Cena, en el silencio del Viernes Santo, en la espera del Sábado, para poder celebrar con verdad la alegría de la Pascua.

Las palmas que llevamos en nuestras manos son un signo. Pero el verdadero signo es el corazón dispuesto a caminar con Cristo hasta el final.

Que esta Semana Santa nos encuentre unidos, rezando juntos, participando con fe en cada celebración. Porque el amor que entra humildemente en Jerusalén es el mismo amor que, desde la cruz, abre para todos las puertas de la vida nueva.


Lucía Busto

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